lunes, 22 de febrero de 2010

La magia de GARCIA MÁRQUEZ


"Gabo" revela los secretos del manuscrito de Cien Años de Soledad que fue subastado en Barcelona por más de medio millón de dólares. Esta es la crónica del origen de una de los más grandes textos de la historia de la literatura universal.


A principios de agosto de 1966 Mercedes y yo fuimos a la oficina de correos de San Angel, en la cioudad de México, para enviar a Buenos Aires los originales de Cien Años de Soledad. Era un paquete quinientas noventa cuartillas escritas en maquina a doble espacio y en papel ordinario, y dirigido al director literario de la editorial Sudamericana, Francisco (Paco) Porrúa. El empleado del correo puso el paquete en la balanza, hizo cálculos mentales, y dijo:


-Son ochenta y dos pesos.


Mercedes contó los billetes y las monedas sueltas que llevaba en la cartera, y me enfrentó a la realidad:


-Sólo tenemos cincuenta y tres.


Tan acostumbrados estábamos a esos tropiezos cotidianos después de más de un año de penurias, que no pensamos demasiado la solución. Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos a Buenos Aires sólo la mitad, sin preguntarnos siquiera cómo íbamos a conseguir la plata para mandar el resto. Eran las seis de la tarde del viernes y hasta el lunes no volvían a abrir el correo, así que teníamos todo el fin de semana para pensar.


"Teníamos, por supuesto, la maquina portátil con que había escrito la novela en más de un año de seis horas diarias pero no podíamos empeñarla porque nos haría falta para comer".


Ya quedaban pocos amigos para exprimir y nuestras propiedades mejores dormían el sueño de los justos en el Monte de Piedad. Teníamos, por supuesto, la maquina portátil con que había escrito la novela en más de un año de seis horas diarias pero no podiamos empeñarla porque nos haría falta para comer. Después de un repaso profundo de la casa encontramos otras dos cosas apenas empeñables: el calentador de mi estudio que yta debía valer muy poco, y ua batidora que Soledad Mendoza nos había regalado en Caracas cuando nos casamos. Teníamos también los anillos matrimoniales que sólo usamos para la boda, y que nunca nos habíamos atrevido a empeñar porque se creía del mal aguero. Esta vez, Mercedes decició llevarlos de todos modos como reserva de emergencia.


El lunes a primera hora fuimos al Monte de Piedad más cercano, donde ya éramos clientes conocidos, y nos prestaron - sin los anillos- un poc más de lo que nos faltaba. Solo cuando empacábamos en el correo el resto de la novela caímos en la cuenta de que la habíamos mandado al revés: Las páginas finales antes que las del principio. Pero a Mercedes no le hizo gracias porque siempre ha desconfiado del destino.


-Lo único que falta ahora - dijo- es que la novela sea mala.


La frase fue la culminación perfecta de los dieciocho meses que llevábamos batallando juntos para terminar el libro en que fundaba todoas mis esperanzas. Hasta entonces había publicado cuatro en siete años, por los cuales había percibido muy poco más que nada. Salvo por la Mala Hora, que obtuvo el premio de tres mil dólares en el concurso de la Esso Colombiana, y me alcanzaron para el nacimineto de Gonzalo, nuestro segundo hijo, y para comparar nuestro primer automóvil.


Viviamos en una casa de clase media en las lomas de San Angel Inn, propiedad del oficial mayor de la alcaldía, licenciado Luis Coudurier, que entre otras virtudes tenía la de ocuparse en persona del alquiler de la casa. Rodrigo, de seis años, y Gonzalo, de tres, tuvieron en ella un buen jardín para jugar mientras no fueron a la escuela. Yo había sido coordinador general de las revistas Sucesos y la Familia, donde cumplí por un buen sueldo el compromiso de no escribir ni una letra en dos años.


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